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El mantenimiento no da fotos… ¿o sí?

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Mantenimiento: ese gran olvidado que no sale en la foto (hasta que pasa algo «gordo», claro)

Dicen que gobernar es prever. Pero debe de ser prever la rueda de prensa, el dron, el chaleco reflectante recién planchado y la pala dorada para la primera piedra. Porque lo de prever que una carretera sin mantenimiento cuando llega más agua de la cuenta, se convierte en un patatal… eso ya es de frikis, ¿no?

En las últimas semanas hemos visto cómo media geografía se deshacía como el decorado de Los Simpson cuando Springfield decide ahorrar en seguridad. Carreteras que se cuartean como galletas María mojadas, árboles que se desploman con la dignidad de una estantería de Ikea mal montada, estructuras que salen volando con la misma facilidad que las promesas electorales, y adoquines que, con tanta agua, han decidido hacerse anfibios. Pasar por el Romeral sin todoterreno ya es deporte de riesgo cervical. Y en la Matallana, los adoquines practican natación sincronizada. 

     

Pero tranquilos. Ha habido fotos.

La tiranía del flash

El mantenimiento no da fotos. Y si no hay foto, no hay titular. Y si no hay titular, no hay relato. Y si no hay relato, no hay votos. Así que entre destinar presupuesto a revisar drenajes, reforzar taludes o sustituir árboles enfermos… o inaugurar un carril bici con globos y banda municipal, ¿qué creen que gana?

Exacto: el “efecto Instagram institucional”.

Mantener es aburrido. Es como cambiar el aceite del coche: nadie presume de ello en la cena de Navidad. Pero prueba a no hacerlo y verás qué fiesta. El problema es que la política, en demasiadas ocasiones, funciona como ese amigo que se compra el último iPhone (teléfono inteligente) pero duerme en un colchón con muelles del pleistoceno. Mucho escaparate, poca trastienda.

Y claro, cuando llegan fenómenos extraordinarios —que ahora llamamos “eventos extremos” para que suene a documental de Netflix— las costuras se ven el doble. Lo que con un mantenimiento razonable habría sido un susto, se convierte en un desastre con ruedas, barro y facturas.       

La épica del parche

     

Eso sí: cuando la catástrofe ya está servida, ahí sí hay despliegue. Chalecos fluorescentes, declaraciones solemnes, promesas de reconstrucción “inmediata”. Y foto. Muchas fotos. La narrativa es irresistible: “Hemos actuado con rapidez”. Casi dan ganas de poner de fondo aquello de Sabina: “Y nos dieron las diez y las once…” mientras esperamos a que alguien explique por qué el puente llevaba diez años pidiendo una revisión seria.

La paradoja es deliciosa: el mantenimiento preventivo evita catástrofes… y por tanto evita la oportunidad de lucirse gestionándolas. Es como en el fútbol: nadie aplaude al defensa que siempre está bien colocado; el héroe es el que marca en el descuento. Aunque el gol llegue porque antes alguien dejó un agujero como la boca del metro en hora punta.

Árboles, trenes y presas: cuando la realidad no admite filtros

Un árbol sano y revisado resiste mejor el viento. Uno enfermo, no. Esto no lo descubrió Charles Darwin, pero podría haberlo usado como metáfora empresarial: lo que no se adapta, cae. Y si la mitad de los árboles que se desploman tendrían que haberse retirado hace años, el problema no es la borrasca: es la dejadez.

Lo mismo con carreteras, puentes, redes ferroviarias o presas. A nivel nacional ya hemos visto cómo las infraestructuras envejecen con peor dignidad que algunas estrellas del rock. Y cuando algo falla, la explicación suele sonar a: “Ha sido un hecho imprevisible”. Imprevisible como que el agua moja.

En ciencia existe un concepto interesante: la resiliencia de los sistemas. Un sistema bien mantenido no evita el impacto, pero sí reduce el daño. Es como el sistema inmunológico: no impide que haya virus, pero marca la diferencia entre un resfriado y una neumonía. El mantenimiento es la vitamina D de las infraestructuras: discreta, barata y esencial. Pero no luce en campaña.

Contabilidad creativa del corto plazo

Hay además un incentivo perverso: el mantenimiento compite en presupuesto con proyectos nuevos, más visibles, más vendibles. Inaugurar una obra es sexy. Revisar alcantarillas no tanto. Y como los ciclos electorales son más cortos que la vida útil de una infraestructura, la tentación es evidente: que el marrón (nunca mejor dicho) le explote al siguiente.

Es la versión institucional del “empiezo la dieta el lunes”. Se sabe que hay que hacerlo, pero siempre hay algo más urgente, más vistoso o más cómodo. Hasta que llega el viernes… y la barbacoa.

El voto también se erosiona

El problema es que el ciudadano puede tolerar muchas cosas, pero no eternamente. Porque el mantenimiento no da fotos, pero el no mantenimiento quita votos. Cuando tu coche se queda atrapado en un socavón que ayer no estaba, cuando ves cómo cae un árbol que llevaba años torcido, cuando tu barrio se inunda por tercera vez “de forma excepcional”, empiezas a sospechar que lo excepcional se ha vuelto estructural.

Y entonces la foto ya no es de la inauguración. Es del desastre. Y esa no hay filtro que la arregle.

Quizá ha llegado el momento de entender que la buena gestión no siempre se ve, pero siempre se nota. Que gobernar no es cortar cintas, sino evitar que se rompan. Que la verdadera épica no está en posar ante la catástrofe, sino en impedir que ocurra.

Porque como diría Homer, en versión libre: “Si algo puede romperse, se romperá… sobre todo si nadie lo mantiene”.

Y cuando eso pasa, ya no hay dron que lo maquille.

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