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Las entrevistas de El Pontón. Hoy con… sor Consuelo Pons y sor Carmen Antón (Hermanitas de los Ancianos Desamparados)

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Desde 1986 son numerosos, y casi siempre deliciosos, los testimonios de los distintos protagonistas de la vida de Puente Genil recogidos en nuestras páginas.

Treinta y cinco años de permanencia ininterrumpida de una publicación, permiten la presencia en nuestra revista de pontanenses que un día, a lo largo de distintas épocas, marcaron la vida de nuestro pueblo o, simplemente, gozaron del cariño y el afecto popular. 

     

Con el ánimo de contar de nuevo con su presencia, de volver a traerlos junto a nosotros, iremos recuperando algunos de esos testimonios que en forma de entrevistas quedaron plasmados para la posteridad.

Madre Consuelo Pons y Madre Carmen Antón

Publicado en El Pontón nº 4, julio 1986

Original de Miguel Jiménez López

La madre Consuelo Pons, natural de Yecla, llegó a nuestro pueblo de novicia hace cuarenta y un años; sor Carmen Antón es burgalesa y arribó a La Puente treinta y tres años atrás. Ambas son las hermanas más veteranas del Asilo de Ancianos, circunstancia que no les exime de los trabajos cotidianos ni las sitúa en un lugar de privilegio entre el resto de la comunidad de monjas. Entre el azar y la providencia, en estos años se han movido con un equilibrio ético que ha posibilitado que su altruismo aparezca como una realidad confortadora.

-«Recién llegada, nos levantábamos a las cuatro de la madrugada -confiesa Sor Consuelo- para disponer unos comedores gratuitos. Había mucha pobreza en aquellos años y gracias a las donaciones de alimentos que hacían personas particulares era posible paliar la estrechez de los más necesitados. Por entonces el número de ancianos era mucho mayor que el de hoy, pues al no existir las pensiones no disponían de medios para su sostén. Por todas estas razones había que echarse a la calle a postular, y con este menester recorrimos infinidad de veces el pueblo, desde Foret hasta las calles Jesús y Gradilla. Pero no eran suficientes las limosnas y fue preciso salir al campo a pedir por las cortijadas. Con un carro y un mulo marchábamos por trochas y veredas para acercarnos a los caseríos. Era una ocupación en extremo fatigosa, y a veces ocurría que el animal, cansado de todo un día de brega, se negaba a caminar y teníamos que pasar la noche al raso».

Sor Consuelo, desde que se instaló en nuestro solar, visitó a sus familiares tan sólo en dos ocasiones. Sor Carmen, por su parte, estuvo veinte años sin ver a sus allegados, y transcurrido ese tiempo, se desplazó a Burgos tres o cuatro veces a lo sumo. Las empresas que se basan en una tenacidad interior suelen ser mudas y oscuras, y en su afán de perfección, se transmutan en una vigilia constante, sostenida y crecedera, que fortalece el frágil andamiaje del cuerpo y enriquece el temple del espíritu.       

-«El carrito con toldo importó en aquellos tiempos ocho mil pesetas -cuenta Sor Carmen- y el mulo nos lo regaló Don Joaquín Baena. Antes de tener el carromato íbamos por las huertas con un borriquillo prestado aparejado con un serón. La gente de las riberas era de lo más sana y nos daban de todo lo que tenían plantado, especialmente los de Cordobilla. En el carro nos acompañaba un anciano, pero aun así nos llevábamos grandes sustos. A mí particularmente los perros sueltos por la noche me dieron sobresaltos morrocotudos hasta ponerme mala. En una de estas expediciones, ya anochecido, una de las ruedas de la tartana se salió del camino, al borde de un precipicio. Faltó poca cosa para que ocurriera una desgracia, y yo tengo para mí que nos salvó San Rafael, patrón de los caminantes. Todas estas peripecias tenían su vertiente compensatoria, como nos ocurría en el cortijo “La Vieja” donde Don Eduardo Moyano Cordón nos tenía siempre preparada una estancia para pernoctar y todo el personal se desvivía en atenciones. También tenían su lado jocoso, y en este sentido, una vez que pasábamos por La Roda, al vernos de lejos con el hábito y subidas a un carro con toldo, nos tomaron por una romería, y salió al camino a esperarnos una multitud cantando y tocando las palmas».

     

Los efluvios de sus almas, cimentadas y modeladas sobre estratos de oración y amor al prójimo, derraman iluminaciones de una paz que hace crecer las cosas pequeñas. En ellas vive todo aquello que un remoto día puede ser cierto: el mito lejano de la solidaridad. Y ese día los hombres se darán prisa en clasificarlas en los estériles anaqueles de la memoria colectiva como precursoras de un sentimiento que, de soniche, llevan practicando cien años entre nosotros.

-«Hoy es más fácil postular, ya que disponemos de una furgoneta. De todas formas, preferimos quedarnos cuidando ancianos pues, aunque son menos que antes, también ha decrecido el número de hermanas, y la verdad es que nuestros huéspedes son más achacosos que los de antaño y requieren más atenciones. Además, contamos con la ayuda de una parte de las pensiones y la de algunas personas que se han asignado una cuota anual a título de limosna. Nosotras no tenemos jubilación. El año pasado falleció una hermana con noventa y seis años. Pues cuando fue trasladada desde Montilla, hará unos tres inviernos, venía con el ánimo dispuesto para hacer las camas de los asilados, y en sus últimos días, aún nos quitaba la plancha para desarrugar las sábanas. Aunque llevamos todavía uniforme, a diferencia de otras órdenes, pensamos que el hábito no tiene nada que ver con el espíritu religioso y que todas somos hermanas sin distinción. Todo nuestro empeño lo dedicamos a tratar a los ancianos con cariño y amor de Dios. Le estamos muy reconocidas a los pontanenses por su carácter acogedor y desprendido. Nos encanta la maravillosa Semana Santa que han sabido representar y lo que más nos agrada de ella es la vistosidad del Imperio Romano con su preciosa música».

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