GENERALOPINIÓNSOCIEDADx_Javier Villafranca

REFLEXIONES A CORAZÓN ABIERTO

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Publicado en el nº 44 de la Revista Oficial de las Fiestas de Primavera 2020, compartido on line por la Hermandad y Cofradía de Nuestra Señora de los Desamparados y Santa Teresa de Jesús Jornet, de Puente Genil

Ignoro si a alguien puede resultarle molesto o desconcertante, pero lo cierto es que no siento pena por la imposibilidad de celebración del mayo pontanés.

Y entiéndase la aseveración: vivimos tiempos extraños, pero ¿son realmente tan duros y difíciles como a diario oímos en radio y televisión? Es cierto que este virus nos ha privado de muchas cosas, pero las únicas realmente insustituibles, aquellas absolutamente irremplazables, son las vidas de los seres queridos que se ha llevado con él y el dolor y el desconcierto sembrado tras de sí. Frente a eso, es cierto, no hay más consuelo posible que una fe sólida y coherente. 

     

El virus se ha llevado el ruido en las calles, la vida en los comercios, pero no las risas en los hogares; nos ha impedido comulgar, pero ni por un momento nos ha apartado del camino de Dios; ha cerrado templos, pero no la Iglesia. Este virus nos ha recluido en nuestros hogares, donde algunos nos hemos encontrado a unos adolescentes que no sabíamos exactamente cómo eran; nos ha empujado a coger el teléfono y hacer llamadas que habíamos dejado de atender, llamadas que sólo buscan saber del amigo, del hermano, escuchar su voz y sentirnos más cerca de él de lo que nunca antes habíamos estado; nos ha permitido mirar a los ojos de quienes siempre nos cuidaban y nunca los habíamos valorado en su justa medida: médicos, enfermeros, celadores, farmacéuticos, maestros y profesores, cuidadores de mayores, sacerdotes, personal de limpieza, fuerzas y cuerpos de seguridad, bomberos, transportistas, comercio de proximidad… medios de comunicación locales que, con poquísimos recursos, pero con sobrada ilusión y compromiso, nos han dado una tranquilidad tan necesaria como difícil.

Nadie dirá que el virus es un regalo de Dios, pero sí lo es poder sacar de esta tragedia lecturas positivas. De pronto hemos comenzado a sentir urgencia por escuchar una misa a la que no atendíamos suficientemente; hemos mirado al fondo de los ojos de nuestros mayores, descubriendo la realidad de una generación de luchadores que hizo grande a España. Me sobrecogí hace unos días al escuchar a un político decir que se trataba de la mejor generación jamás nacida en nuestro país. Hasta hace solo unos meses, así es como definíamos a los jóvenes de treinta años con conocimiento de idiomas, cursos de formación, carreras universitarias y experiencias en el extranjero… pero que jamás han evidenciado la valía que sí demostraron los hombres y mujeres nacidos a finales de la década de los treinta, cuarenta y cincuenta del pasado siglo.  Hemos aprendido, a la fuerza, a mirar debajo de lo superfluo, bajo la superficie de la Semana Santa, tras esos aderezos con los que poco a poco, y casi sin darnos cuenta, habíamos cubierto lo esencial de la Semana de Pasión. Y hemos redescubierto el valor de las cosas sencillas, de aquellas que dimos por supuesto que siempre estarían con nosotros: la copa con el amigo, la tertulia, el calor de un abrazo o una mano en el hombro, la cercanía de aquellos a quienes amaremos por encima del tiempo y del espacio. Aprendimos el valor del compromiso personal; la necesidad de tener en el gobierno de nuestras instituciones y administraciones públicas, de nuestras cofradías, hermandades y corporaciones, de cualquier ente que aglutine la voluntad asociativa de los hombres y mujeres de Puente Genil, a aquellos más preparados, más serios y comprometidos, aquellos con indudable y desinteresada voluntad de servicio al prójimo…

No creo que, como machaconamente nos insisten en los medios, una vez recuperado el tiempo perdido, la vida vaya a cambiarnos a raíz de esta pandemia. Pero sí creo que seremos mejores personas, más responsables, más conscientes de la riqueza que supone disfrutar a diario de los pequeños matices de la vida.

Tampoco me creo que sea este el tiempo más duro y difícil en nuestra historia reciente. Cuando volvemos la vista atrás y descubrimos los durísimos años que siguieron a la Guerra Civil, años que vivieron quienes aún comparten tiempo con nosotros, nuestras mejillas debieran –cuando menos– sonrojarse. Fueron aquellas unas décadas –esas sí– de hambre y de miseria; de insana Sanidad; de analfabetismo y aislamiento; de carencia de información, de infraestructura y comunicaciones… de necesidades de todo tipo; de pluriempleos; de carencia de ocio y tiempo libre; de ropas ajadas, tosferina y sabañones en las orejas; de frío y emigración; de difteria, paludismo, viruela y tifus… tiempos de un país roto por cada una de sus costuras.

A ese tiempo se enfrentaron nuestros mayores, esos hacia quienes hemos vuelto la mirada para –por fin– sonreírles y sentir la necesidad de cuidarlos, atenderlos y mimarlos. Exactamente lo que vienen haciendo un puñado de hermanitas en un hogar de la calle Susana Benítez de Puente Genil, desde hace más de ciento treinta años. Hay quien no necesita de pandemias y confinamientos para ser consciente de que la caridad, entendida como el amor a Dios y al prójimo como uno mismo, es el único camino posible, aunque quizás el más duro y difícil.

Por eso no siento pena ante la imposibilidad de celebrar el mayo pontanés. Creo que antes debemos ser conscientes de la necesidad de celebrar la vida. Y el camino se nos abre –qué cerca lo hemos tenido siempre– frente a María Madre de Dios, mirando a los ojos de quien se nos presenta como la Madre de los Desamparados. ¿Y quién no ha sentido el desamparo en estos días? Acudamos, pues, a Ella; mirémosla a los ojos y descubramos el camino que nos muestran. Y al cabo de unos meses volveremos, sin duda, a celebrar el mayo pontanés. Y la Virgen volverá a salir a la calle buscando con su mirada a quienes, despistados, no hayamos sido capaces de encontrar antes la suya. Y el cielo de Puente Genil se iluminará con las luces de petardos y cohetes, y cada estallido será un recordatorio de María de que siempre ha estado ahí, de que nunca ha dejado nuestras calles, ni nuestros corazones. María no se rinde, no lo hagamos nosotros. Volvamos a Ella y digámosle eso que tanto le gusta:       

“Madre, tu luz es la guía de nuestra fe, el limpio faro que irradia amor a los hombres, a los mares y a los campos.

     

Eres tan limpia y tan pura que eclipsas del sol los rayos. Con tu divina esperanza se consuela el olvidado. Eres la Reina del Cielo, eres flor y eres milagro; de pureza virginal tu cuerpo es templo sagrado.

Eres la voz que intercede ante Cristo por salvarnos; por eso, cubre a este pueblo con el calor de tu manto cuando, en la noche del tiempo, lo encuentres desamparado”.

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