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La tradición se aprende desde la cuna: Literalmente. Desfile de Los Romanos de «Ángel de la Guarda» 2026

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Hay pueblos que educan más que cualquier manual de pedagogía finlandesa. Y luego está Puente Genil, que directamente convierte la calle en aula, la tradición en asignatura troncal y a los niños en pequeños antropólogos con babero.

«Estos niños no memorizan su pueblo, incorporan la vivencia del sentimiento pontanés como quien aprende a montar en bici»

 

Porque en Puente Genil, la cuaresma no es una época del año, es un estado de ánimo, se sea o no «manantero»… Y eso, los más pequeños no lo saben explicar, pero lo aprenden a vivir casi desde la cuna (y sin el casi en este caso). Mientras en otros sitios se discute si la educación debe ser más “experiencial” —que viene a ser aprender haciendo, para los que no hablan en PowerPoint—, en muchos colegios y guarderías (mejor dicho: Centros de Educación Infantil) como en el «Ángel de la Guarda» llevan años practicando eso de predicar con hechos. Nada de teorías explicaciones e historias que quedan cojas por la falta de «piel»: aquí se aprende viviendo. Y punto. 

     

El reciente desfile de los más pequeños por las calles pontanesas no es solo una estampa entrañable para que las mamás y los papás se escapen del trabajo y los abuelos saquen el móvil con orgullo y babero de adulto. Es, en realidad, una declaración de intenciones: la cultura no se explica, se pisa. Se huele. Se canta. Se comparte.

Desde 2020, el Centro de Educación Infantil Ángel de la Guarda decidió que la educación no podía quedarse en cuatro paredes y una pizarra que ya ni es pizarra ni es nada. Y se lanzaron a lo que muchos prometen en folletos y pocos ejecutan: llevar los “temas transversales” a la práctica. Es decir, convertir la teoría en vida real, que siempre ha sido el verdadero examen final.

Así, los niños no “estudian” la Navidad: la cantan en su certamen de villancicos. No “leen” sobre el otoño: lo saborean en una cata de membrillo. La Semana Santa no es un concepto abstracto, sino una experiencia que se vive entre romanos, “ataos” y visitas a iglesias. Abril no es un mes en el calendario, es una romería de San Marcos con procesión incluida y convivencia en el campo, donde la tradición se mezcla con el bocadillo en el parque de los pinos.

Mayo con las Cruces, la Romería del Rocío —aunque no sea tradición estrictamente local, pero con más de medio siglo de hermandad ya tiene más solera que muchas modas pedagógicas—, y todo ello envuelto en una decoración del centro que recuerda que la cultura también entra por los ojos.

Y aquí es donde conviene ponerse un poco serios —lo justo, tampoco nos vengamos arriba—. Porque en un mundo obsesionado con fabricar adultos globalizados, hiperconectados y emocionalmente neutros, iniciativas como esta hacen algo casi revolucionario: dar raíces antes que alas.

Que luego pasa lo que pasa. Que tenemos expertos en todo y especialistas en nada, como aquellos pinzones de Darwin pero sin pico adaptado . Mucho discurso global y poca identidad local. Mucho “innovar” y poco saber de dónde vienes.       

La clave está en que estos niños no solo aprenden tradiciones; aprenden pertenencia. Y eso, que en el idioma de los adultos suena a palabra de político en campaña, en realidad es pura supervivencia cultural, es hacer caso a ese refrán de «el arbolito desde chiquito» y en resumen, sembrar la semilla de lo que son y de dónde son en lo más profundo de su memoria, porque incluso antes de que sean capaces de fabricar recuerdos, fabrican emociones… y esas, irán con ellos siempre, junto con las fotos vestidos con capuchas de plástico de colorines.

     

{Vídeos por cortesía de Sergio Morejón}

{Imágenes autorizadas por Escuela de Educación Infantil Ángel de la Guarda}

Aquí te dejamos una nutridísima sesión de fotos

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