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Personajes sin nombre… la Jardín

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Original de Rafael Bedmar Guerrero y Rafael Bedmar López en El Pontón núm. 191, octubre 2003

Todos los pueblos han tenido y tienen unos personajes populares conocidos en toda la población y en todos los estamentos sociales.

No vamos a decir si eran por su grado de minusvalía, de pobreza, de ingenio o de físico. Lo cierto y verdad es que su mote o apodo, era bien conocido por todos, y cuando se mencionaban, sabíamos de quién se estaba hablando.  

     

Puente Genil no podía ser menos y también tenía, y tiene, vecinos “populares que aunque algunas veces son recordados con risa y mofa, eran personas que buscaban el sustento diario en tiempos de penuria, con unas profesiones de artesanía e ingenio, muchas veces al borde de la mendicidad ya que cobraban en especie el trabajo realizado.

Por citar a algunos de estos personajes populares, recordamos a “Chupa –Chupa”, vendedor de la Once, “Chachoquín”, limpiabotas, “Anselmo”, mecánico de maquinas de coser, “Cerraduras y Llaves”, su apodo ya indicaba su profesión, cerrajero,… y así un largo etc.

De estas personas que vivieron en el Puente Genil de nuestros padres y abuelos, había una que, por su paso diario delante de la casa de mis abuelos paternos, llegué a conocer en proximidad ya que más de una vez me acarició cuando se paraba a hablar con mi abuela “Carmen la Morena” y recuerdo sus palabras de «qué ojos más bonitos tiene el payo«.

Aun hoy, después de muchos años de su fallecimiento, cuando se ve a alguna mujer con una flor en el pelo se oye decir «¡qué te pareces a la Jardín!«, lo que indica el grado de lo popular que era esa gitana.

No he querido indagar su nombre de pila, ya que al fin y al cabo no diría nada que se llamara Carmen, Remedios o Rosario, ya que entre los payos y los gitanos solo se le conoció por “la Jardín” y su nombre de pila solo podría decirlo su sobrino “Joselín” (el Lolo) ya que su padre, era hermano del marido de ella.

Esta gitana de pura raza calé, no era natural de nuestro pueblo (no se exactamente si era de Loja ó de Álora) y como es tradicional en su cultura, un guapo mozo gitano, natural de Puente Genil, llamado Enrique, tratante de ganado, esquilador y canastero por tradición familiar, la raptó con 16 años y se la trajo a nuestro pueblo bajo la protección de “los Lolos”, gitanos honrados donde los hubiera y respetados en toda la comarca.       

Dicen quién la conoció de joven, que era guapísima y que despertaba la envidia y la fantasía de quienes la trataban y como digna heredera de las mujeres de su raza. Esta gitana siempre llevaba una flor en el pelo, fuera la época que fuera, lloviese, ventease o hubiera sequía. Siempre pasaba por las calles de nuestro pueblo con su flor en el pelo, de ahí el apodo que le sacaron de “la Jardín”.

     

Muy enamorada de su hombre (Enrique) y ya casada por el rito gitano, le siguió en sus tratos de ganado y en su profesión de canastero, recolectando varetas en los olivares y las cañas de las orillas del río. Con su belleza y gracia natural echaba la buena ventura por las ferias de ganado de la comarca a cambio de una ayudita para su Enrique.

Cuentan que, sabedora ella de su belleza, muchas veces interfería en los tratos de su marido en la venta del ganado, embaucando a los posibles compradores con su gracia y su zalamería y que empleaba la palabra (refiriéndose a ella misma) «¡payo! haz caso de esta rosa que no te va a engañar«. Una de estas veces no le salió bien el trato a Enrique, y ella le reprochaba que teniendo como tenía una rosa para ayudarle que no lo hubiese aprovechado. Tanto colmó la paciencia de Enrique que cogiendo una vara de mimbre de una canasta que estaba haciendo le dijo «ya se le van a caer todas las hojas a este rosal» y le dio con ella una buena soba en la única pelea que se conoció entre ellos.  

Pero al igual que nunca acertó la buena ventura, tampoco acertó a tener un hijo de su matrimonio con Enrique, cosa que pedía en sus visitas diarias a su “Negrillo” (Jesús Preso) y que el destino no le quiso conceder.

Como eran años de hambre y necesidades un día se encontró en el dintel de su puerta un niño recién nacido que había sido abandonado por su madre. Este crío de raza gitana, creyó “la Jardín” que era un regalo del cielo, y lo adoptó y crio como si fuera suyo sin más papeles que el consentimiento de su hombre, como era normal en su etnia.

Este niño a quien puso de nombre Luisillo fue la alegría de “la Jardín” y realizó toda clase de sacrificios para que a su niño y a su Enrique no le faltara nada, pero era tan grande el corazón de esta gitana que cuando pasaba por la calle Rosario camino de su casa en la barriada de Buenos Aires, casi siempre dejaba unos coscurros de pan duro garbanzos ó trigo, para que alguna paya le hiciera una sopita a sus retoños también necesitados.     

Pero pasó el tiempo y aquel niño por quien ella diera la vida se hizo hombre y por azares del destino una gitana forastera enamoró a Luisillo y lo arrancó de la Puente robándole su cariño. Cómo lloraba la gitana cuando le vio alejarse, cómo maldijo su boca con el dolor de una madre, cómo  desgarraba su ropa y no paraba de gritarle: «¡cuatro puñalás te maten, que te coman las entrañas por el daño que me haces!».

Herida en su amor de madre, lloraba en su soledad sin que nada la calmase, su alegría se apagaba y aquel viejo matrimonio que su hogar vio derrumbarse esperaba pronto la muerte “pa” que su pena acabase.

Enrique cayó enfermo, su vida se apagaba lentamente, solo había huesos en su cuerpo y “la Jardín” recorría los bares, iglesias y huertas pidiendo para su Enrique. Sus ojos ya no brillaban estaban secos de llorar, ella no quería nada, pedía y pedía para su esposo que se moría y estaba enfermo sin nadie a su cuidado.

Pero la tristeza y los años pudieron con el gitano. Frágil de salud y de cuerpo, se marchó de esta vida como Cristo, con lo puesto. Sola quedó “la Jardín”, sola y sin sustento y no reía con nadie. Dejó de pedir en los bares, en las casas, en los huertos y de hablar con las comadres. Solo se la veía las tardes caminando en silencio subir la cuesta el Calvario y adentrarse en el templo, con la flor sobre su moño, llorosa y sin aliento e hincarse de rodillas delante del Nazareno y pedirle sin rezarle por su gitano muerto.

Trastornada su memoria, repetía un pensamiento, que pronto estaría en las nubes, arriba en el firmamento, caminando con su Enrique, de feria en feria, de pueblo en pueblo recorrerían la gloria hasta el final de los tiempos.

Poco tiempo le sobrevivió a su hombre. Le llegó el sueño eterno durmiendo en su lecho sin nadie a su vera, y cuentan quienes la vieron que había una sonrisa en sus labios, como si hubiera muerto riendo, con una flor en la almohada y suelto su pelo negro. Nadie la estaba llorando cuando se hizo su entierro, acudieron a acompañarla dando escolta a su féretro gentes de toda condición, payos, calés y clero, y de las bocas escapaba cuánto hizo de bueno aquella noble gitana que “Jardín” le puso el pueblo, la que alegraba el barrio con sus bailes y sus cuentos, la que echaba las cartas y siempre daban lo bueno, la de la buena ventura que no acertaba ni el empiezo, la del corazón noble, la del cariño sincero, la que amó como madre a un niño que recogieron.

Ya no quedan gitanas como aquella en el pueblo, de pura raza gitana, bien plantada, humilde y canastera, con una flor sobre el pelo, con su vestido estampado cubriéndole todo el cuerpo, con la sonrisa en los labios y picaresca en el gesto, con su canasto al brazo, siempre con algo dentro, que generosa ofrecía siendo a veces su sustento.

Quiero que se te recuerde, por ser hija de este pueblo, por decir ¡soy pontanesa!, por amar al Nazareno, por ser honrada gitana, vaya por ti mi recuerdo.

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