Un modelo de Sociedad

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Es cierto que no es la nuestra la misma sociedad que la de nuestros abuelos y, posiblemente, las inquietudes, las preocupaciones y hasta los valores que compartieron nuestros padres, sean muy distintos a los que hoy rigen nuestras vidas. Y quizás deba ser así. El mundo cambia, la sociedad evoluciona o involuciona, según a qué ojos, pero es obvio que, en tiempos y circunstancias diferentes, la ciudadanía no puede bajo ningún concepto, ser la misma que antaño.

Y, sin embargo, sorprende la tremenda infantilización en la que, a los ojos de un casi cincuentón, parece haber caído una parte importante de la sociedad.

Compartimos un tiempo en el que muchos rechazan ejercer su derecho al voto por entenderlo inútil y, sin embargo, son enérgicos militantes y combatientes en Facebook, o en otra red cualquiera, gritando y protestando frente a un universo etéreo e invisible.  Una sociedad participada por hombres y mujeres que, aun confesando y reconociendo encontrarse en las antípodas éticas o de gestión de sus elegidos, son pocos quienes reúnen la valentía necesaria para retirarles su apoyo, olvidando así que un voto es un préstamo en confianza y no una hipoteca vitalicia.

Un modelo de pueblo en el que hay más gente protestando intensamente (me remito a lo publicado en el foro Solo Puente Genil) por las caquitas de los perros sobre el acerado, o el sonido de cohetes y petardos en fechas señaladas, que por la progresiva pérdida de riqueza y puestos de trabajo que venimos arrastrando desde hace décadas, o por el abandono de parques y jardines, o por los contenedores que un día fueron soterrados y averiados desde hace años; los ruidos insoportables de las motos con escapes trucados; la percepción creciente de una delincuencia que parece haberse asentado entre nosotros de la mano de macrorredadas periódicas, sobre las que dan cuenta radios y periódicos de todo ámbito…

A ello se suma la aparición de zonas con altos índices de inseguridad que vienen a incrementar una dolorosa lista de «guetos sociales» sin que nadie, al menos aparentemente, haga nada; la falta de nuevas industrias e inversiones que hayan sido facilitadas por los poderes públicos; la ausencia de apoyo al emprendimiento; la desaparición de la crítica en los medios; la secular tomadura de pelo de la Autovía del Olivar; la falta de mantenimiento de los edificios públicos; el clamoroso despilfarro (por todos consentido) de las obras del PROFEA; el hundimiento de la barriada de La Estación; la asquerosa proliferación de excrementos de palomas por todo el pueblo; la ausencia de conexión entre el AVE y el núcleo urbano; el veto sistemático, mezquino y absurdo a las propuestas del partido adversario, en claro perjuicio del progreso de Puente Genil, del bienestar de sus ciudadanos.

Son carencias que detectamos todos y cada uno de nosotros; carencias entre las cuales nos hemos acostumbrado a vivir y convivir y que, miserablemente, han dejado de llamar nuestra atención. Y cuando ello ocurre, amigos, es que han dejado de preocuparnos. Y, sin embargo, asisto perplejo a furibundos debates, descalificaciones y enfrentamientos a cuenta de las caquitas, de los petardos y cohetes, y llego a la conclusión de que esta sociedad nuestra, egoísta, frívola, cómoda y asustadiza, es una sociedad perdida.

Y aunque sea escaso el consuelo, sólo espero que la próxima generación sea mejor que la nuestra.

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