Y volvió la primavera

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Cuando, sin esperarlo, una ráfaga de aire se lleva la rosa que tenías escondida entre tus manos, y con mimo cuidada. Cuando abres las manos para contemplarla y, justo, cuando empiezas a disfrutarla, ves como se te va sin remedio.

Cuando tus pies pisaron el suelo del pórtico, después de tantos días de mal sueño, a la emoción, que ya has experimentado muchas veces y que embarga tu interior, se añadió otra, totalmente desconocida, que invadió tu alma del recuerdo melancólico.

Como cuando vuelves de viaje, y ya en casa, repasas las fotografías con añoranza sabiendo, a ciencia cierta, que eso no lo volverás a vivir. Nunca podrás volver a ese punto de partida y eres consciente que podrás sentir y observar paisajes y momentos parecidos, pero nunca serán iguales. Incluso volviendo al mismo lugar, todo será distinto.

Cuando cruzas por el dintel, y ves la luz del Camarín, retrocedes a ese jueves 27 de febrero. Esos últimos fríos, al ocaso del sol, que como tradición, anuncian el comienzo de la Cuaresma. Vuelves a esos días donde Puente Genil comenzaba a florecer, como cada año. El Calvario repleto de fieles a la espera de abrir las puertas del Santuario. Y tú, nervioso por vivir algo histórico, sientes en la planta de tus pies las piedras de la plaza; erosionadas por el paso de la fe del día a día de Puente Genil. En la conversaciones ya se podía ver en el horizonte un bicho que estaba haciendo daño, pero nunca podrías presagiar que ese sería el último momento, cuando, en tu cabeza y en tu corazón, todo palpitaba como el comienzo de todo.

Ese maldito bicho todavía no se ha ido, aunque por momentos y comportamientos de las personas parezca que sí. Pero tú sí tuviste que irte de Él. Durante tres largos meses. No subiste cogido del brazo de algún hermano entre la muchedumbre de un Sábado de Romanos. No pudiste pasar cualquier mañana que, como de costumbre, lo visitas cuando el sol baña su templo de una forma intensa y fuerte. Durante tres largos meses, no pudiste notar ese cambio de temperatura y ese silencio que sólo sientes ahí, al entrar, al cruzar el dintel. No pudiste arrodillar tu cuerpo para pedir, agradecer o simplemente para contemplar su terrible mirada de amor y cobijo hacia sus hijos.

Te arrebataron tu primavera. La primavera que tú vives y sientes cada año como si fuera la última. Y como si una traca de petardos fuera, el «se suspende» fue reinando hasta que el cierre definitivo de todo, hizo que no pudieras hacer tu día a día. Algo impensable sólo a comienzos de año, ¿verdad?

Vía Crucis Extraordinario 2020 – 27 de febrero

Nos acercaron a Él por redes sociales e Internet. Quizás, en aquellos días, sirvió de consuelo. Pero ahora, que, poco a poco, vuelve la primavera, sabes que en tu DNI de pontanés, está la condición de verlo, visitarlo o simplemente la seguridad de que tienes la posibilidad de subir al cielo e ir a cobijarte bajo su mirada, aunque luego no lo hagas.

Y sí, como sabes, la primavera volvió, poco a poco. Y volvió en su ocaso. No vimos el florecer del azahar, ni el descapullo de las rosas. Lo vimos todo hecho, consumado y casi terminado. Pero volvió… el sentimiento de su vuelta, la tuviste esa tarde que te dejaron salir por primera vez, y supiste que el Santuario volvía a estar abierto. Cruzaste el dintel y lo viste. Impertérrito, con el mismo semblante de siempre. Semblante lleno de ternura y amor, pero a la vez con la fuerza de poder con todo. Con el paso de los siglos, con guerras, conflictos y pandemias.

Y volverás a ver nuevas primaveras desde su inicio. Verás hileras de fieles esperando para besar su pie. Sentirás en tu cuerpo el rocío del amanecer de la mañana del Viernes Santo. Pero no será el mismo por muchas circunstancias que ya te pasaron y te quedan por pasar. Vendrán otras flores, han de venir.

Guarda el capullo en tus manos. Mímalo. Estás seguro que, la próxima vez, cuando abras las manos para contemplar la rosa, no se la llevará ninguna ráfaga de aire.