El Pontón

MEMORIAS Y CORRERÍAS DE PEDRO LAVADO – CAPÍTULO 4: MAESTRO DE TODO, APRENDIZ DE NADA

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En exclusiva para El Pontón de noviembre 1986, núm. 9, coordinado por Luis Guillermo Porras Llamas

El asunto es tocarlo todo. Esta vez me coloco en Bodegas Delgado, pero a dos años no llegó, pues nunca me gustó estar amarrado ni sujeto a un horario fijo. Pero aquí me dieron en el clavo: a las ocho empezaba el trabajo, y a las nueve y media o diez de la mañana, ya estaba yo pegándole al caldo (siempre a escondidas). Pero que daba gusto trabajar un poco entonado, pues casi siempre me mandaban a media mañana, o cuando encartaba (según los pedidos), a repartir con aquella yegua blanca que casi todos conocimos. Unas veces a El Palomar, a Sotogordo, San Juan y, otras, por el mismo pueblo. Pero era en las riberas donde yo podía «camuflar» siempre, por lo menos, una hora de trabajo, para allí poder beber y cantar a gusto con mi amigo Moya, dueño del café y cine, pues siempre había algún amigo a tono.

Se construía el salto por aquel tiempo y los encargados y capataces estaban mucho por allí, y me esperaban por la noche para cantar; otros jugaban a las cartas… Total, que éramos como una gran familia. Y fue entonces cuando el Sr. Moya me ofreció el tablao para dar festivales de cante y variedades. Lo hicimos repetidas veces, casi siempre con carácter benéfico, pues casi todos los aficionados de aquel entonces pasaban por allí. Pero un día me entero de que había «cantaores» en Sotogordo, local de los Arroyo Morillo y me «ajilo» hacia allá, pero cuando llego veo aquello solo y era ya la hora anunciada. Le pregunto al amigo Arroyo por los artistas, a lo que me responde: ahí en el patio los tienes. Me asomo y había seis o siete. Les digo: ¿Vosotros sois los artistas? Y pegaron un salto como si lo hubieran ensayado, y contestaron: ¡Sí señor! Entonces les dije: ¿Y qué, empezáis «de madrugá»? Y me contesta una señora mayor: ¿¡Y qué quiere, que nos cantemos unos a otros!? Me eché a reír y le pedí al dueño dos botellas de F.E.O., morcilla, tocino «vetao», pan y aceitunas. A los diez minutos no había ni rastro. Total, me doy a conocer igual que ellos y les digo: ¡ya mismo está esto lleno! Salgo a la puerta y estaban esperando a ver quién se decidía primero a entrar (ya sabemos cómo eran los hortelanos). Les digo: ¡Tenéis la oportunidad de ver el mejor espectáculo, que tardará por venir otro igual… y que no os decidáis a entrar! En ese momento dice uno que era amiguete: ¡Tú cantarás, ¿no, Pedro?! Le respondo: ¡Hombre claro! ¡Lo que ustedes quieran! Al ratillo había gente en lo alto de las tapias del corral (pues el recinto no era muy grande). 

     

El espectáculo, que llevaba de todo, gustó; se hizo caja y repartieron a veinticinco duros cada uno ¡un capital! Con mi parte que así lo quisieron, se pagaron las consumiciones. De no haber sido así, tendría que haberlo dejado fiado, pues llevaba solo diez duros, pero tenía crédito en la casa.

Uno de los señores ya mencionados del salto me llevó a casa ya casi de día, pero a eso de las once de la mañana llama en mi puerta la «troupe»; sale a abrir mi hermana, y, cuando los vio salió corriendo a despertarme ¡Perico, Perico, que han «venío» fulanas en tu busca! Claro, ella no había visto a gente normal, sino mujeres con turbantes y un hombre con un peluquín, pero cuando vio que me saludaron con un beso, salió corriendo diciendo disparates a la calle. A la «mijilla», la puerta llena de vecinas. Unas decían: ¡«cuidao» con el valor que tiene Pedro, meter en su casa a esa «murga», cuando venga la madre se enterará! En fin, lo que les parecía. Esta familia lo que quería era que me uniera a ellos y a «roar» por ahí. Me los quito de encima diciéndoles que se fueran a la Estación y que allí iría yo. Efectivamente, me voy por el centro buscando compañeros bohemios y apaño hasta cinco o seis, entre ellos dos muchachas de unos 16 años, que ya habían hecho sus pinitos junto a mí en varias ocasiones. Los padres no querían dejarlas, pero cogieron tal «perrerón» que terminaron cediendo y encomendándome a mí su custodia (nunca faltó gente con talento).

Reunimos el dinero de todos y el tren no alejó a más de Casariche; actuamos en varios pueblos. Arte había, pero como no nos conocían, las taquillas eran bien pobres y la cosa iba a menos. Fuente Piedra fue nuestro cuartel general. Debíamos siete días de fonda y como no había manera de levantar cabeza, los que no teníamos nada más que lo puesto nos fuimos esfumando poco a poco. Así que los dejé como los encontré y se cumplió el dicho: ni me debes ni te debo.

Pero lo más importante de esta historieta es lo siguiente: resulta que este espectáculo salió de Barcelona con un buen plantel de artistas, y el promotor era, y es, un gran pintor que tenía doce o catorce mil duros ahorrados, y lo metieron en esta aventura asegurándole que se iba a forrar. El hombre no lo pensó y se lanzó. Pero ya lo han visto… dando tumbos terminaron en Sotogordo. Pues este hombre se quedó en nuestro pueblo, puso un taller, en el que hizo grandes y artísticos trabajos, y triunfó, pero él ambicionaba más. Tanto es así, que hoy día es, nada más ni nada menos, que el dueño de la primera fábrica de pinturas españolas. Se llama Don Juan Ros Montesinos y la marca de pinturas BARPIMO, en Nájera (La Rioja).

Así es la vida. Esperemos que algún día me ocurra a mí lo mismo… ¿Quién sabe?

Continuará…       

     
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