Las entrevistas de El Pontón, hoy con… ANTONIO LUQUE JURADO, «ZAMBOMBA»

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Publicado en El Pontón nº 30, febrero 1989

Original de Miguel Jiménez López

Antonio Luque Jurado nos recibe a las once de la mañana en su establecimiento, con la mayor deferencia. Ante nuestra sorpresa por verlo almorzar a tal hora, nos explica que así puede mejor resistir cuando llega su clientela. En la hornilla de chapa hierve un guiso al que él le regula el fuego a lo largo de la conversación, cuidándolo y mimándolo con la atención que se debe poner en las cosas sencillas. Con ello viene Antonio Luque a decirnos que la vida humana es un ejercicio breve y precioso que no merece sobrecargas inútiles.

«Digo siempre con orgullo que nací en el Barrio de La Isla, exactamente en la calle Casares en 1917, que no es precisamente un mal sitio, dicho sea con toda modestia. Asistí a la escuela pública «Delgado Bruzón» en Miragenil y recibí clase del maestro Don Miguel Córdoba. Quedé huérfano de madre a edad muy temprana y entré en 1928 en casa de Hilario Cejuela Moraga, un establecimiento de droguería que languideció después de la guerra. Combatí en el frente desde el año 37. Al término de la contienda trabajé en la Bodega de Enrique Reina Salas y después en la de Tenor. En 1944 ingresé en la Renfe, donde he trabajado hasta la edad de jubilación como Guarda Jurado. Con mi despacho de vinos llevo cuarenta años y por aquí han pasado a tomar una copa y a hacer tertulia media población. En la prensa, concretamente en el número del 19 de diciembre de 1963, del A.B.C. se publicó un artículo firmado por Francisco Quesada con el titular «Zambomba y sus deudores», que hacía mención al cuadro que tengo aquí con una fotografía de los clientes a los que atiendo de fiado. Naturalmente es pura broma, pues todos son amigos. El referido artículo se hizo eco del sentido humorístico del recuadro y terminaba así: «¿Cuántos kilómetros de pizarra serían precisos para anotar a todos los deudores de España?

Como digo en mi casa he hecho grandes amistades, una de ellas, singular por su especial humor es la del doctor Chacón, Pepe Luis para los amigos. En una ocasión recibí una carta desde Madrid de una productora cinematográfica italoespañola, COPERFILM, en la que me ofrecía un papel en una película con un contrato de 350.000 liras, más 1.500 pesetas diarias de dieta. Aquello era tan sorprendente que escribimos a la firma. Al final supimos que era cosa de Pepe Luis Chacón que andaba brujuleando por allí. Por lo visto el director de la productora formó un bochinche de mucho cuidado».

O cuando alude a los hermanos de su corporación dice «mi Andrés», «mi Mariano», con la mayor naturalidad, como si verdaderamente fuesen algo propio, de su familia. Este detalle viene a probar que siente de veras aquella fraternidad de viejo cuño que desgraciadamente está desapareciendo en los cuarteles. Es un hombre de fuertes convicciones, de profundas raíces que, no obstante, le permiten ser flexible y tolerante en pro de la amistad y de la convivencia cordial. Hace unos tres años, con motivo de una lesión ósea, tuvo oportunidad de palpar la estimación que se le tiene y es que quien siembra afectos, recoge el reconocimiento de los demás.

«El remoquete de Zambomba parece que tiene origen en un hermano de mi padre que una Nochebuena se emperró en tocar la zambomba tanto que se le quedó; y de esta forma lo hemos heredado todos los familiares.

Tengo que referirme a mi afición culinaria porque en algunos casos hasta me hacen encargos. Fue el gran cocinero Antonio Leiva mi hermano de corporación quien me inició en los fogones. De él aprendí que cada guiso requiere un tratamiento. Las cazuelas de barro, la plancha, el horno y la parrilla son instrumentos que deben emplearse adecuadamente y en consonancia con el plato a cocinar. «Mi Andrés» (Andrés Linares Porcuna) me hizo un horno en la corporación construido con ladrillos de barro refractario. Los guisos que allí se preparan salen para rebañar el plato. Y hablando del Primero de la Soledad, del que soy el decano desde que nos dejó «mi Mariano Carrillo«, debo decir que he disfrutado mucho con la corporación y también he sufrido lo mío, en algún tiempo. Las corporaciones tienen crisis y momentos conflictivos, y aquellos que las quieren, padecen de una forma que no se olvida. En algunos casos llegué a desatender mi casa por acudir a mis hermanos. Honestamente he de confesar que hace cincuenta años (yo ingresé en 1934) se vivía la corporación con auténtica hermandad. Recuerdo que el Viernes Santo venía a afeitarnos el popular barbero «El Culca» porque entonces no íbamos a casa en varios días. La faena nos costaba una peseta. De esos tiempos tengo recuerdos imborrables, con aquellos hermanos tan relevantes como Rafael López Fernandez «El Catalán», José Cejas González, Mariano Carrillo y tantos otros que están en la memoria.

En 1943 adquirimos las figuras de «Los Fundadores del Templo». Antes de eso hicimos una prueba. Llenamos una garrafa de agua y entre dos la pasearon a paso lento alrededor de la mesa. Una uvita y vuelta a empezar. Después de dos horas dijo uno: «Esto se aguanta» Y compramos la corporación. Teníamos el cuartel en la calle El Sol».

Es un hombre convencido de que el ser humano está cercado por abismos y de que la engañosa cotidianidad siempre es provisional. Su arma defensiva es el humor y puede ser agrio, socarrón, o irónico, pero siempre ameno, y a menudo apasionante. Es una persona sin prisas, con esos rasgos bien marcados que parecen organizarse alrededor de un carácter, que en ocasiones constituyen la muestra de una auténtica belleza interior.

«Es de señalar que el requisito indispensable para ingresar en el Primero de la Soledad, además de la carta de solicitud, es presentar el recibo de hermano de la Cofradía de la Virgen, porque Ella es lo fundamental para nosotros. Es cierto también que ya le hemos tomado cariño a las figuras de «El Templo» y «Los Dones» y que verdaderamente no nos desentenderíamos de ellas a estas alturas.

He sido dos veces presidente, pero reconozco que por mi carácter festivo me falta ánimo para imponer autoridad. Recuerdo que cuando ingresé me dijeron que tenía que llevarme al cuartel «un plato, una cuchara y una silla». Hoy las cosas han cambiado para mejor, en ese sentido. No me resultaba agradable el «bautizo» tradicional para los hermanos entrantes, pues algunos no podían resistir ese gran vaso de vino que se les administraba. Entonces nosotros inventamos otra ceremonia más llevadera. Se prepara un vaso de agua con mucho azúcar, hasta conseguir un jarabe. Entonces yo, revestido con la túnica de rebateo, unos cordones y un libro en la mano, le digo al entrante con solemnidad: «Hermano, que el artículo 14 dice que no se pueden pronunciar palabras malsonantes«, y le atizo en la cara una buena dosis de jarabe con un pincel. «Hermano, que el artículo 28 dice que no se debe ofender a otro hermano ni dentro ni fuera de la Corporación«, y le doy otro repaso con la brocha. Cuando acabo con el reglamento y tomamos una copa para celebrarlo, resulta que al bautizado se le ha secado la cara y parece una papa de menta, de tanto caramelo. Como es natural esto se hace en un ambiente de camaradería, La verdad es que hay que tener mano izquierda y buena dosis de tolerancia para integrar a los jóvenes, a los que no se debe aplicar la disciplina con el rigor de años atrás, por lo menos hasta que no estén enamorados de la corporación. Nuestra Semana Santa ha ganado en muchos aspectos, sobre todo en la cantidad, aunque se esté rebajando, a mi juicio, la calidad de las corporaciones. No me gusta nada ver a las figuras quitándose el rostrillo en la calle o saludando a los balcones. Espero que los más veteranos demos ejemplo para que no siga bastardeándose nuestra Semana Mayor».