Las entrevistas de El Pontón, hoy con… DOÑA PACA CARMONA VILLAFRANCA

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Educación y Didáctica Pedagógica, 7ª edición, de Francisco Ballesteros y Márquez, premiada con la medalla de oro en la Exposición Nacional de Valencia y con medalla de plata en la Universal de la República Argentina (1910), Málaga, tip. de El Cronista 1912-1913, propiedad de Francisca (doña Paca) Carmona Villafranca

Publicado en El Pontón nº 29, enero 1989

Original de Miguel Jiménez López

Doña FRANCISCA CARMONA VILLAFRANCA ha accedido a la entrevista después de reiteradas invitaciones, tal es su modestia. Merced a la intercesión de su hermano, el prestigiado y bondadoso juez D. LORENZO CARMONA, que oficia de mediador, consiente, si bien no nos da fotografía. En realidad, Doña Paca Carmona, como la conocemos, es de las pocas personas que no necesitan presentación, pues su prestigio es tan consistente que toda parafernalia y demás aditamentos resultan verdaderamente innecesarios.

«Mi nacimiento tuvo lugar en el barrio de Miragenil, exactamente en la segunda casa de la acera de la derecha en cuanto se cruza el puente. Es un sólido edificio que construyó mi bisabuelo. Cuando yo era jovencita se decía que una mujer en España solo podía ser “Reina, maestra o estanquera”. Yo me decidí por el Magisterio y terminé la carrera con facilidad el 26 de junio de 1917. Mi madre, temerosa de que me trasladaran a un pueblo remoto, una vez aprobadas las oposiciones, me aconsejó que no me presentara a ellas y así lo hice. Ya sabemos los destinos que tienen que cubrir los profesionales de la enseñanza hasta conseguir una plaza que los satisfaga. A mí me gusta decir que soy Maestra Nacional porque lo de Profesor de EGB no acaba de convencerme. Ocurrió que el 16 de abril de 1920 ocupé una plaza por sustitución en la Segunda Escuela Nacional. La vacante la produjo Doña Concepción Morales Linares y la propuesta la realizó D. Antonio Calvo Flores. El sueldo que se me asignó fue la mitad que le correspondía al titular, mil pesetas anuales. Esta situación permaneció durante catorce años hasta que, después de superar una oposición, fue nombrada por la Sección Administrativa de Primera Enseñanza de Córdoba, Maestra en propiedad de la Escuela Nacional de Niñas nº 1. Este era el colegio del barrio de la Estación y el nombramiento fue el 13 de noviembre de 1.934».

La conversación resulta, además de instructiva, amenísima. Resulta sorprendente cómo personas que apenas salen a la calle, conocen con toda propiedad lo que acontece en el pueblo con todo detalle, de personas, acontecimientos, sucesos y con prolijidad de entresijos y auténtica clarividencia. La lucidez es patrimonio de la serenidad y cualquier reflexión que se haga desde el sosiego y la perspectiva resulta siempre certera y contundente. Sin pasión, con el ánimo sosegado, Daña Paca hace un examen de su tiempo, empañado siempre por el amor que le profesa a Puente Genil.

«Me da reparo hacer mención de todas las satisfacciones recibidas, pero la realidad es que consta en mi expediente y de alguna forma hay que referirlas. En la visita realizada el 11 de junio de 1935 por el Inspector, redacta en su informe sus plácemes por mi celo y competencia. El 30 de diciembre del mismo año el Inspector me concede un voto expresivo de gracia. El alcalde Presidente de la Comisión Gestora de Primera Enseñanza de la localidad me otorga un voto expresivo de gracia el 19 de julio de 1938, hasta 1964. El 30 de Julio de 1965 la Dirección General de Enseñanza Primaria, con cumplimiento de la Orden Ministerial de 25 de enero, me concedió el Diploma de Maestro Distinguido como reconocimiento a la destacada labor al frente de la Escuela y en el ejercicio de la Enseñanza. El nombramiento oficial llevaba anejo una gratificación en metálico de diez mil pesetas. Al margen de toda esta relación oficialista, lo verdaderamente gratificante ha sido siempre mi relación viva y directa con mis alumnas y familias, durante los cuarenta y cinco años, nueve meses y veintitrés días que ejercí sin interrupción la enseñanza con auténtica vocación. Hay una anécdota reveladora. Una inspectora con fama de exigente y de aplicar el mayor rigor, persona muy nerviosa y de gran carácter, visitó mi escuela en la calle Casares, donde hoy está el Cuartel del Imperio Romano. No hizo ningún comentario. Con gran sorpresa volvió a la media hora de haberse marchado y le dijo a mis alumnas: «Niñas, se me ha olvidado deciros que tenéis la mejor Maestra de la provincia«. Estas cosas no se olvidan».

A veces sucede que nos pueden los sentimientos, el corazón, las vísceras, en suma. Y hay que ceder a esos impulsos porque tras esa tormenta del cuerpo llega, y siempre llega en verdad la tranquilidad del ánimo. Es entonces cuando, con la sabiduría que da el tiempo y el reposo, se hacen los mejores análisis. El vino añejo ha superado todas las convulsiones propias de la fermentación y por ello se convierte en solera insustituible. Doña Paca Car- mona representa el fermento de muchos educadores pontanenses que la tienen como referencia indudable cuando tienen un momento de duda.

«En la calle Casares llegué a tener ochenta alumnos, hasta el extremo que una Inspectora exclamó: “¿Esto es una escuela o una plaza de toros?». Y es que yo no podía dejar en la calle a los niños menos pudientes y acogía en mi clase a todo el que lo requería. He sido profesora de tres generaciones y resulta muy agradable saber que hija, madre y abuela de una misma familia han sido discípulas mías. Conseguí muchas becas para alumnos no pudientes y algunos, después de pasar por mi clase han accedido a cursos superiores, saltándose otros intermedios gracias a su excelente formación. En el Instituto de Enseñanza Manuel Reina tres antiguas alumnas raías han sido profesores, lo cual me llena de orgullo. Fui también catequista, tanto en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen como en la de la Purificación, porque siempre entendí que la religión católica es inseparable con una formación ética y moral. En una ocasión coincidí con una matrona en el autobús y ella me dijo: «Doña Paca, hay que ver lo que nosotras hacemos por los niños». Yo le respondí: «Así es. Usted los trae al mundo y yo los preparo para que puedan ir al cielo”. He de confesar que, si bien he desarrollado mi vocación de maestra hasta el 8 de febrero de 1966, todo, absolutamente todo, lo he brindado a mi pueblo».